“Antes bien, debería sentirse agradecido por la presencia de malas hierbas en su mente, pues ellas enriquecerán finalmente su práctica”.

Pienso que usted no debe sentirse del todo bien en la madrugada, cuando al sonar el despertador tiene que levantarse. No es fácil ir a sentarse: incluso después de estar en el zendo y haber comenzado el zazen usted tiene que animarse para sentarse bien. Precisamente todas estas son ondas de la mente. En el zazen puro no debería haber ninguna onda en su mente. Mientras está sentado estas ondas se harán cada vez más pequeñas, y su esfuerzo se transformará en una sensación sutil.

Nosotros decimos: “arrancando las malezas, alimentamos la planta”. Arrancamos las malezas y las enterramos cerca de la planta para alimentarla. De este modo, aunque encuentre alguna dificultad en su práctica, aunque algunas ondas se eleven, mientras está sentado, estas mismas ondas le ayudarán. No lo debería molestar su propia mente. Antes bien, debería sentirse agradecido por la presencia de estas malezas, pues ellas enriquecerán finalmente su práctica. Si logra experimentar cómo las malezas de su espíritu se transforman en alimento mental, tendrá notables progresos en su práctica. Usted sentirá el progreso, sentirá cómo se vuelven su propio alimento. Naturalmente, no es difícil dar una interpretación filosófica o sicológica de nuestra práctica, pero ésto no basta. Nosotros tenemos que poseer la experiencia real de cómo nuestras malezas se transforman en alimento.

Estrictamente hablando ningún esfuerzo que hagamos es bueno para nuestra práctica, porque crea ondas en nuestra mente. Sin embargo, es imposible alcanzar la calma absoluta de nuestra mente sin ningún esfuerzo. Tenemos que hacer algún esfuerzo, pero debemos olvidarnos de nosotros mismos en el esfuerzo que hacemos. En este dominio no hay subjetividad ni objetividad; nuestro espíritu simplemente está en calma, sin la más mínima consciencia. En esta inconsciencia todo esfuerzo, toda idea, todo sentimiento, se desvanecerán. Necesitamos, pues, animarnos a nosotros mismos y hacer un esfuerzo hasta el último momento, en el que todo esfuerzo desaparezca. Debería conservar su mente sobre su respiración hasta que ya no sear consciente de su respiración.

Deberíamos tratar siempre de continuar nuestro esfuerzo, pero sin esperar llegar a un estado en el cual olvidaremos todo acerca de ello. Solamente deberíamos tratar de conservar nuestra mente sobre nuestra respiración. Esta es nuestra verdadera práctica. Este esfuerzo se purificará cada vez más mientras continúe sentándose. Al comienzo su esfuerzo es muy burdo e impuro, pero con el poder de la práctica se volverá cada vez más puro. Cuando su esfuerzo llegue a ser puro, su cuerpo y su mente llegarán a ser puros. Así es como practicamos Zen. Una vez haya usted comprendido nuestro poder innato para purificarnos a nosotros mismos y nuestro mundo circundante usted puede obrar correctamente, aprenderá de todo lo que está a su alrededor y se volverá amigo de los otros. Este es el mérito de la práctica Zen. Pero la manera de practicar consiste solamente en concentrarse sobre la respiración en la postura correcta y con un esfuerzo grande y puro. Así es como practicamos Zen.